En octubre de 1948, el entonces Primer Ministro David Ben Gurion aceptó que 400 jóvenes religiosos abocados al estudio de la Torá, sean exentos del servicio militar obligatorio para continuar dedicados al estudio en las ieshivot, los institutos de altos estudios rabínicos. Si bien de fondo había un deseo de llegar a un entendimiento con el liderazgo haredí, ultrartodoxo, lo central era la convicción sobre la necesidad de garantizar que también después de la Shoá y el asesinato de 6 millones de judíos a manos de los nazis, haya jóvenes judíos que puedan estudiar la Torá.
Ben Gurion dejó bien en claro que se trataría de 400 exentos y que eso se cumpliría siempre y cuando estén realmente abocados al estudio en las ieshivot.
El problema es que al asumir Menajem Begin en 1977 como Primer Ministro de Israel, la formación de una coalición con partidos ultraortodoxos se convirtió en una necesidad clara que influyó también en este tema. Pero sus allegados dirán que no respondió a presiones políticas sino al mandato de su conciencia, y la exención del servicio militar lejos quedó de los 400 aceptados por Ben Gurion. El último año, ya eran 66.000 los exentos.
Este punto siempre fue delicado en la agenda israelí. Si bien en la sociedad israelí en general hay quienes tratan de esquivar el servicio militar obligatorio simplemente por comodidad o para “no perder tiempo”, el caso de la exención de los ultraortodoxos es otra cosa. Es al por mayor y constituye una violación del principio de la aplicación igualitaria de la ley.
A lo largo de los años ha habido altibajos en la actitud de la sociedad en general ante este problema, que siempre molestó. Pero la masacre del 7 de octubre y la guerra que se lanzó a raíz de la misma, que aún no ha terminado, agudizó el debate ya que está claro que Israel precisa más soldados.
Casi de más está recordar que hay también un punto especialmente doloroso. Hoy en día está claro que en un sector de la población judía, y solamente en uno, prácticamente nadie corre el riesgo de recibir el llamado que informa de lo peor, un hijo, esposo o padre caídos en la defensa de la patria.
Este semana hubo un debate importante al respecto en la Suprema Corte de Justicia y aún se busca solución. La situación no puede seguir como hasta ahora y está claro que por otra parte, por la fuerza, no funcionará.
Los más duros críticos del liderazgo rabínico y político haredí, sostienen que se oponen en forma terminante a una solución porque quieren preservar su poder de control, mientras los jóvenes mismos estarían más abiertos a hacer el servicio que antes. En la práctica es cierto que hay cambio graduales. Pero son muy lentos. Y resulta bastante decepcionante que a raíz de la guerra que estremeció a Israel, se hayan enrolado solamente 540 jóvenes del sector haredí.
Y la gran pregunta es si hay forma de solucionar esto sin que se cumpla el gran temor del liderazgo, que quienes se enrolan se alejen de hecho de la religión.
Sea como sea, así no se puede seguir.
Demasiado doloroso ha sido el 7 de octubre y demasiado traumática es la guerra en la que tantos soldados y oficiales han caído, como para que se pueda soportar que la sociedad ultraortodoxa no comprenda que tiene que cambiar de rumbo.
El voluntariado en múltiples iniciativas de la sociedad civil, el impresionante trabajo sagrado que hace la organización ZAKA –cuyos miembros son mayormente judíos religiosos, muchos de ellos ultraortodoxos- y otros emprendimientos, son claves y deben ser apreciados, respetados y reconocidos. Pero los jóvenes haredim no pueden quedar fuera de una obligación nacional central. Hay que encontrar la forma de que todos aporten al país.
Este no es el tema de hoy, pero también la sociedad árabe, parte integral de la sociedad israelí, debería tener el compromiso,por ley, de aportar a la sociedad. No sólo el servicio militar es una forma de hacerlo. El problema no es desarrollar y encontrar el marco apropiado, sino decidirse a aportar.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(28 de Febrero de 2024)
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