Este domingo 13 de junio, al menos que haya alguna sorpresa de último momento, terminará oficialmente la era Netayahu-por ahora- y asumirá la nueva coalición encabezada por Naftali Bennett. Será la primera vez que hay un Primer Ministro religioso y la primera vez que un partido árabe es parte formal de la coalición.
El primer elemento a destacar es que con este cambio, gana la democracia. No porque entre Bennett y salga Netanyahu, sino por el hecho de fondo que en Israel lo que impera es el régimen democrático por el cual el resultado de las urnas determina la realidad política. Podríamos darlo como obvio y podría algún lector preguntarse para qué mencionar este punto siquiera, si es sobreentendido. Pues bien, en un mundo en el que hay tantos países no democráticos en los que dictadores se imponen a sus pueblos, no está de más destacar cuán diferente es Israel.
Pero más allá de esta generalidad, cabe destacar que este domingo 13 de junio es un día histórico por varias razones. En primer término, porque finaliza por el momento la era Netanyahu que estuvo 15 años en el poder desde su primer gobierno, 12 de ellos en forma consecutiva desde el 2009.
Netanyahu es indudablemente una de las figuras más brillantes e inteligentes de la política israelí. Adorado por sus seguidores, odiado por algunos de sus duros críticos, un político hábil como pocos cuyo máximo error estimamos fue cuando empezó a verse a sí mismo como sinónimo del Estado, pensando que sólo él puede regir los destinos de Israel.
Analizaremos a fondo, por separado, la era Netanyahu.
Pero a modo de resumen cabe decir en este marco que los años de Netanyahu en el poder fueron en general sinónimo de estabilidad-salvo los dos últimos años de gran crisis política-, de continuo crecimiento y gran responsabilidad en temas de seguridad (nunca estuvo a favor de aventuras militares). Pero por otro lado, fueron años-especialmente los últimos- de una preocupante profundización de las divisiones internas, en gran medida por la clara línea de Netanyahu como Primer Ministro, de transmitir mensajes divisivos, fomentando las tensiones dentro de la sociedad, convirtiendo a quienes no concordaban con él prácticamente en enemigos. El uso del término “izquierda” casi como insulto , y seguro como calificativo que quita legitimidad, fue característico de sus últimos gobiernos, incluso utilizándolo en forma ridícula respecto a partidos y figuras que todos comprendían no tenían nada de “izquierda”.
Más allá del hecho que, como es natural, parte de la ciudadanía israelí está feliz hoy de ver a Netanyahu como jefe de la oposición y ya no al frente del gobierno mientras la otra parte ve este cambio con especial preocupación, el que entre en funciones un gobierno ordenado que ponga fin a la crisis política en la que se vivió en los últimos años, es clave para el buen funcionamiento del Estado. Cabe recordar que el gobierno que Netanyahu encabezaba hasta ahora era un gobierno de transición que no funciona con la normalidad de un gobierno común.
Desde comienzos del 2020 no se aprueba presupuesto nacional, hay nombramientos necesarios en el sector público que no se han hecho y la sensación es que hay mucho por hacer.Claro que lo primero y más urgente será la aprobación del presupuesto nacional, todo un desafío para la coalición, que tendrá 140 días para ello.
La efectividad gubernamental en la nueva era depende de la forma en que los 8 partidos que componen la coalición logren relacionarse entre sí. Todos tienen claro que deberán renunciar a temas claves en sus respectivas agendas ya que de lo contrario será imposible garantizar convivencia entre los partidos de derecha Yemina, Tikva Jadasha e Israel Beiteinu, con Kavol Lavan y Yesh Atid de centro, el laborismo de centro izquierda, Meretz de izquierda y el partido árabe Ra´am.
No se creará un Estado palestino independiente ni se anexará territorios hoy en disputa. No se separará la religion del Estado y no se aprobará matrimonios de parejas de un mismo sexo.
Pero se podrá atender la crisis económica creada por la pandemia.
Y las carencias del sistema de salud pública.
Y las necesidades en el sistema educativo con niños que estuvieron un año en el zoom.
Y –a nuestro criterio lo más urgente- se podrá reducir las tensiones internas, para que vuelvan a su cauce normal. Diferencias, sí, discusiones duras, sí, pero no una visión dicotómica de “ellos o nosotros”, que tanto caracterizó el período de Netanyahu
Por un lado, tienen razón los críticos del nuevo gobierno al alegar que lo único que une realmente a los 8 partidos de la nueva coalición, es el deseo de cambio, de poner fin a la era Netanyahu. No tienen una ideología común a todos. Es imposible dada la heterogeneidad de la coalición.
Pero eso no les quita legitimidad. Limita su marco de acción, pero deja intacta la posibilidad que este nuevo gobierno pueda manejar exitosamente tantos otros desafíos de la agenda socio-económica actual.
La otra cara de la moneda es que precisamente el hecho que Netanyahu será jefe de la oposición, combativo por cierto, alimentará el continuo deseo del nuevo gobierno de seguir trabajando en armonía. Su presencia en la Kneset será un recordatorio de por qué se unieron.
Puede sonar a contrasentido, pero sería justamente la eventual dimisión de Netanyahu, su retirada de la vida política-en principio, la máxima aspiración de sus críticos- lo que probablemente aceleraría la desintegración del gobierno que lo sustituye.
Otro punto a destacar, teniendo de fondo las acusaciones del Primer Ministro saliente a su inminente sucesor como “ilegítimo” y al gobierno como producto de “mentiras al pueblo” (porque Naftali Bennett había dicho que no sería parte de una coalición con Yair Lapid, quien será Canciller y Primer Ministro alternativo) , es que fue el propio accionar de Netanyahu el que hizo posible la formación de la nueva coalición que lo sustituye.
¿Por qué? Porque en la nueva coalición juegan un rol clave tres partidos encabezados por quienes fueron antes estrechos colaboradores de Netanyahu: el propio Naftali Bennett que será Primer Ministro, Gideon Saar de Tikva Jadasha que hasta hace varios meses estaba en el Likud, su partido de toda la vida-en cuyo marco fue repetidamente ministro, también de Netanyahu-y Avigdor Liberman de Israel Beiteinu, que fue Director General de la oficina del Primer Ministro en el primer gobierno de Netanyahu y luego, hace pocos años, Ministro de Defensa. Los tres se convirtieron en férreos críticos de Netanyahu, al perderle confianza, al sufrir en carne propia de sus maniobras políticas. Es interesante que el propio Bennett parecía justamente el que más chances le daba para volver a intentar, pero finalmente se abrió en forma total.
Por último fue también el vínculo que Netanyahu entabló con el partido árabe Ra´am de Mansur Abbas, con el que negoció claramente su inclusión en un nuevo gobierno, lo que le dio legitimidad e hizo posible que contrariamente a lo proclamado antes, la coalición de cambio lo invite a ser parte, lo cual le dio la mayoría necesaria en la Kneset.
Independientemente de la postura política de cada uno, cabe augurar éxito al nuevo gobierno de Israel, para que logre trabajar en bien del país. Hay mucho por hacer. El gobierno de cambio debe actuar en pro de la ciudadanía toda, de los que lo votaron y de los que quisieran ver a Netanyahu aún al frente. Todos merecen sentirse representados por un gobierno digno que demuestre que vino a trabajar.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(13 de Junio de 2021)
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