La “libertad responsable” que tanto destacó el Presidente de la República Luis Lacalle Pou, con la excelente intención de combatir al Coronavirus sin enloquecer a la ciudadanía, ya no alcanza. Por eso las nuevas medidas, por eso la restricción a las reuniones y la cancelación de la presencialidad en las ceremonias religiosas, entre otras cosas.
Claro está: con ya más de 5.500 casos activos de Covid-19 en todo el territorio nacional-un lujo comparado con otros países, pero un serio deterioro comparando a Uruguay consigo mismo hace poco tiempo- era imperioso tomar decisiones. Aquí no hay magia. Ni en Uruguay ni en Israel, ni en ninguna otra parte del mundo. La situación siempre es combinación del comportamiento de la gente y de la forma en que las autoridades manejan su política de acuerdo a eso. Si la gente se cuidara debidamente, el virus no pasaría, no en estos números. Y si se tomaran todas las decisiones perfectas, lográndose el equilibrio ideal entre consideraciones epidemiológicas y económicas, seguramente la situación sería otra.
En Israel, tengo clarísimo que los malos números de ahora (casi 4.000 nuevos casos en las últimas 24 horas), son un resultado de la política errática del gobierno y la irresponsabilidad de la gente. No tengo ningún lugar a duda: el gabinete Coronavirus encabezado por el Primer Ministro Netanyahu prestó mucha más atención a consideraciones políticas que a los consejos de los epidemiólogos. Eso sumado a la irresponsabilidad de la gente, a la idiotez de todos aquellos a los que hay que estar recordándoles que tapabocas usado como tapa mentón es como si no tuvieran nada, los números serían otros.
Quizás el mejor símbolo de la complejidad de la situación es que justamente al estar prontas ya varias de las vacunas-Pfizer y Moderna ya absolutamente aprobadas y en Israel aplicándose ya la de Pfizer-la emoción que ello inspira va combinada con la necesidad de nuevas medidas por el alza en los números.
El gran riesgo es que por la vacuna, haya lo que en Israel se llama “ambiente de fin de curso”. Para no ir más lejos, me pasó este martes. Entré de mañana a comprar algo a una panadería y le observé al vendedor que se le había caído la máscara por debajo de la nariz. “No importa”, respondió. “Esto ya termina. Llegó la vacuna”. No tengo plena certeza que no haya bromeado, pero su respuesta, estoy segura, es lo que más de uno piensa.
Más allá de la explicación lógica que lleva tiempo hasta que mucha gente se vacune y que entren en efecto las dos dosis, la primera inoculación y el refuerzo, al parecer parece demasiado exigente que justamente cuando nos dicen “llegó el comienzo del fin de la pandemia”, haya que volver a encerrarse, lo que parece que está por ocurrir en Israel.
No hay soluciones mágicas.
En medio de todas las dificultades, como siempre, me aferro al horizonte.
En medio de todas las dificultades, como siempre, me aferro al horizonte, que por ahora, se va acercando bien. Más de 200 mil personas ya se han vacunado en Israel en la primera semana y según el Primer Ministro Netanyahu, se llegará pronto a un ritmo de 150.000 por día. Ojalá se concrete.
La ciencia ha resultado victoriosa.
La luz está allí, al final del túnel.
Hagamos un último esfuerzo de máscaras, distanciamiento físico y medidas higiénicas, para cuidarnos bien. Sería increíble contagiarse al final del camino por mera irresponsabilidad. Miremos la luz. Eso nos dará fuerza para seguir.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(26 de Diciembre de 2020)
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