Hace pocos días me tuve que operar en el hospital Hadassah Ein Kerem de Jerusalem. Ya estoy de regreso en casa, rodeada del amor y la abnegación de mi familia y amigos. Me voy fortaleciendo de a poquito, aún débil y un poco dolorida, esperando que los próximos pasos a dar no sean demasiado complicados. Estas líneas son una oportunidad para agradecer a todos aquellos que se interesaron por mi estado de salud. Cada mensaje, cada palabra, inclusive cuando no pude contestar a todos y cada uno individualmente, tiene su valor y va directo al corazón.
No soy una persona que necesita sufrir un percance para apreciar lo que tiene. Siempre me sentí afortunada por lo que la vida me ha dado, y sin duda siempre supe valorar lo que me rodea. Pero es bueno también saber escribirlo y expresarlo públicamente.
A mi familia y amigos, en Israel y Uruguay y otros confines del mundo, se los digo directa y personalmente. Sin ellos, mi vida no sería lo que es. Y en estas líneas, quisiera ir más allá de lo estrictamente personal, quisiera destacar la naturalidad de los varios mundos en los que estoy inserta, porque son gran parte de mi vida en Israel.
No es poca cosa poder entrar al hospital y tener la certeza que estaré en las mejores manos posibles. Sentir la delicadeza y firmeza al mismo tiempo de los cirujanos que me operaron, el Profesor Uzi Yizhar y el Dr. Ori Wald, quienes me habían dado inclusive sus teléfonos celulares “por cualquier pregunta que te surja”. Ver a los tan variados sectores de la ciudadanía israelí cruzándose en los corredores de Hadassah. Recibir la visita de los médicos al comienzo del día, en la que se mezclaban los nombres hebreos con los árabes, como el Dr. Ahmed Mahajne, que se está especializando en cirugía de tórax. Y al terminar la internación, minutos antes de salir, el Dr. Islam que me sacó algunos de los últimos cables que aún tenía conectado.
Mi familia y mis amigos bromeaban de antemano que seguramente encontraría alguna entrevista para hacer en el hospital. Como no podía ser de otra manera, al Dr. Mahajne ya lo había entrevistado, como médico del equipo de fútbol Hapoel Umm el-Fahem que trabaja en Hadassah.
Cuando salí a caminar por primera vez, el día posterior a la operación, al pasar por la "sala de las familias", vi a una señora toda cubierta con su atuendo islámico, rezando postrada en el piso sobre una alfombra, en dirección a La Meca. Mi familia me adivinó el pensamiento al instante y me instaron a no hacerles pasar verguenza. Accedí. y rápidamente me arrepentí. A los pocos minutos di media vuelta y regresé al lugar. La señora había terminado de rezar pero estaba leyendo el Corán.
Y si no hubiera estado en el CTI, habría pedido entrevista a Balkish, la enfermera jovencita de Abu Ghosh, que terminó hace sólo un mes de estudiar, y parece haber nacido para esto, irradiando una seguridad y abnegación impactantes. No la entrevisté, pero no podía dejar de conversar con ella y preguntarle cómo se siente en el hospital, cómo ve el muy conocido tema de judíos y árabes trabajando juntos y atendiendo juntos a judíos y árabes. “Esto es muy especial. Cuando terminé mis estudios, temí tener problema para encontrar trabajo, por mi aspecto”, me dijo señalándose el hijab que le cubre la cabeza. “Nada más lejos de la realidad”, confirmó.
Gracias a ella, a su dulce sonrisa que irradiaba aliento y seguridad.
Y a Anat que de antemano supe estaría en el turno de la noche, y venía con una amplia sonrisa si yo tocaba el timbre pidiendo ayuda para algún movimiento. Y a Sharon, que aún estudia para ser enfermera, y ya muestra que tiene lo necesario. A Tzofia y Halá, una judía y otra árabe, que tenían juntas a su cargo mi sector.
Y a Luai, el enfermero de sonrisa amplia al que le tocó turno con Baklish.
Y a Shirin, otra enfermera con hijab a la que ya había conocido meses atrás cuando entrevisté allí al gran cirujano Dr. Samuel Moscovici. Y a Mor, que me recibió el día antes de la operación con gran calidez.
Y por sobre todo, a Claudia, mi adorada cuñada como hermana, que tanto orgullo nos da a la familia toda por como es y por el lugar que se ha hecho, de enorme respeto profesional, por su calidad humana y su dedicación. Estuve internada en el departamento en el que ella misma trabaja, pero evidentemente la conocían de todos lados. “Ya no te llamas Jana”, me decían en broma sus compañeros de trabajo. “Aquí sos la cuñada de Claudia”. Impresionante tarjeta de presentación.
Mejor no tener nunca que lidiar con un desafío a la salud. Pero pasarlo en Israel, da tranquilidad.
Y al salir, y al estar ahora en casa escribiendo estas líneas por primera vez que desde que me dieron de alta, sin violar la promesa a todos y a mí misma que me voy a cuidar y no hacer esfuerzo físico, renuevo mi aprecio de siempre por las pequeñas grandes cosas de la vida. Y mi agradecimiento a todos los que forman mi mundo y me hacen feliz.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(13 de Noviembre de 2020)
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